LA PAJA Y LA VIGA



La Paja y la Viga
"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu
hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu
hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita!
saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del
ojo de tu hermano!' ¿Hubo jamás sarcasmo igual? ¿Hubo jamás un ejemplo más
perfecto de ironía? ¡Cuánto lo merecemos! Podemos sintetizar el argumento en
forma de una serie de principios. Nuestro Se¬ñor nos enseña que la tercera razón
para no juzgar a otros es que somos incapaces de juzgar. No podemos juzgar. Por
consiguiente, como no lo podemos hacer adecuadamente ni siquiera debemos
intentarlo. Dice que nuestro espíritu es tal que no tenemos derecho a juzgar. No
sólo debemos recordar que nosotros mismos seremos juzgados y que fijamos las
normas de ese juicio, sino que además dice: un momento, no juzguéis porque sois
incapaces de juzgar.
Nuestro Señor lo demuestra de esta manera. Ante todo, indica que no nos preocupa
la justicia y el verdadero juicio, porque si estuviéramos preocupados por ello, nos
ocuparíamos de eso en nosotros mismos. Nos gusta persuadirnos de que estamos
realmente preocupados por la verdad y la justicia, y que ése es nuestro único
interés. Pretendemos que no deseamos ser injustos con las personas, que no
deseamos criticar, sino que estamos realmente preocupados por la verdad. Ah, dice
de hecho nuestro Señor, si realmente estuviéramos preocupados por la verdad, nos
juzgaríamos a nosotros mismos. Pero no lo hacemos; por consiguiente, nuestro
interés no es realmente la verdad. Es un argumento justo. Si alguien pretende que
su único interés es por la justicia y la verdad, y no por las personas, entonces será
tan crítico de sí mismo como los demás. El que es realmente un gran artista suele
ser el crítico más severo de sí mismo. No importa en qué esfera de la vida se dé, ya
sea en el canto, en el drama, en la pintura, o en cualquier otra cosa; el que es
realmente gran artista y crítico verdadero se critica tanto a sí mismo como a la obra
de los demás, e incluso quizá más, porque tiene normas objetivas. Pero tú, dice
nuestro Señor, no tienes normas objetivas. No estás interesado por la verdad y la
justicia, de lo contrario no pasarías por alto tu propia vida, como de hecho lo haces,
para criticar sólo a los demás. Esta es la primera afirmación.
Podemos ir más allá y decir que también nos muestra que esas personas no están
preocupadas por los principios en cuanto tales, sino sólo por las personas. El
espíritu de hipercrítica, como hemos visto, se preocupa de las personas y no de los
principios. Este es el problema que muchos de nosotros tenemos a este respecto.
Estamos realmente interesados por la persona que criticamos, no por el tema o
principios específicos; y nuestro verdadero deseo es condenar a la persona, más
que eliminar el mal que hay en la persona. Claro que esto de inmediato nos hace
incapaces de emitir un verdadero juicio. Si hay parcialidad, si hay sentimiento y
animosidad personales, no podemos ser verdaderos examinadores. Incluso la ley
reconoce esto. Si se puede demostrar que hay alguna conexión entre un miembro
del jurado y la persona sometida a juicio, se puede descalificar a ese miembro del
jurado. Lo que se desea en un jurado es imparcialidad. No puede haber prejuicio,
no puede haber nada personal; debe ser un juicio objetivo y ponderado. El
elemento personal se debe excluir por completo para que pueda haber juicio
verdadero. Si aplicamos esto a nuestro juicio de otras personas, me temo que
tendremos que estar de acuerdo con nuestro Se–or en que somos completamente
incapaces de juzgar, por qué lo que más nos interesa en ese caso son las personas
o las personalidades. Hay muy a menudo un motivo ulterior en nuestro juicio y por
ello no acertamos a distinguir entre las personas y su acción.

Pero sigamos a nuestro Señor en su análisis. Su siguiente argumento está en el
versículo 4: "¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí
la viga en el ojo tuyo?" Esto es sarcasmo en su forma más intensa. Dice que
nuestra propia condición es tal que somos completamente incapaces de ayudar a
otros. Pretendemos estar preocupados por esas personas y por sus faltas, y
tratamos de dar la impresión de que estamos preocupados sólo por su bien.
Decimos que estamos inquietos por esa pequeña mancha que vemos en ellos, y
que estamos deseosos de eliminar esa paja. Pero, dice nuestro Señor, no lo
podemos hacer, porque es un proceso sumamente delicado. La viga que está en
nuestros propios ojos nos vuelve incapaces de ello.
En cierta ocasión leí una observación muy aguda que expresaba esto a la
perfección. Decía que hay algo muy ridículo en la persona ciega que trata de guiar a
otro ciego, pero que hay algo mucho más ridículo que eso, y es el oculista ciego. El
oculista ciego no puede en modo alguno quitar la mota del ojo ajeno. Si el ciego en
general es incapaz de ayudar a los demás ¿cuánto más inútil es el oculista ciego?
Eso es lo que dice nuestro Señor aquí. Si uno quiere poder ver claramente para
quitar esa mota diminuta del ojo de esa otra persona por la que pretende
interesarse, asegúrese de tener los ojos propios bien limpios. No se puede ayudar a
otro si uno está cegado por la viga que hay en el ojo propio.
Finalmente, el Señor nos condena de hecho como hipócritas. "¡Hipócrita! saca
primero la viga de tu propio ojo, y entonces veras bien para sacar la paja del ojo de
tu hermano!' Cuan verdadero es esto. El hecho es que no estamos realmente
preocupados por ayudar a esa otra persona; estamos interesados sólo en
condenarla. Pretendemos tener este gran interés; pretendemos que estamos
angustiados en encontrar esa falta. Pero en realidad, como nuestro Señor ya nos ha
mostrado (y esta es la parte terrible), estamos realmente contentos de descubrirla.
Esto es hipocresía. Una persona se dirige a otra como amiga y le dice "es
realmente una vergüenza que tengas ese defecto!' Pero ¡cuan a menudo esa acción
va envuelta en malicia, y qué placer se procura esa persona! No, dice nuestro
Señor, si deseamos realmente ayudar a los demás, si somos sinceros en esto, hay
ciertas cosas que nosotros mismos tenemos que hacer. En primer lugar —debemos
advertir esto— hay que sacar la viga de los ojos propios, entonces uno podrá ver
con claridad para sacar la paja del ojo del hermano.
Esto se puede interpretar así. Si deseas realmente ayudar a los demás, y ayudarlos
a eliminar esas manchas, faltas, fragilidades e imperfecciones, ante todo hay que
caer en la cuenta de que el espíritu de juicio, hipercrítica y censura que hay en ti es
realmente como una viga, si se la compara con la pequeña paja en el ojo ajeno. "La
verdad es" dice de hecho nuestro Señor, "que no hay forma más terrible de pecado
que este espíritu de juicio del cual somos culpables. Es como una viga. La otra
persona quizá ha caído en inmoralidades, en algún pecado de la carne, o quizá sea
reo de algún pequeño error de vez en cuando. Pero esto no es más que una
pequeña paja en el ojo si se la compara con el espíritu que hay en ti, que es como
una viga. Has de comenzar con tu propio espíritu' dice en otras palabras;
"enfréntate contigo mismo con toda honestidad y sinceridad y admite la verdad
acerca de ti mismo!' ¿Cómo hay que hacer todo esto en la práctica? Leamos 1
Corintios 13 todos los días; leamos esta afirmación de nuestro Señor todos los
días. Examinemos nuestra actitud hacia las otras personas; hagamos frente a la
verdad acerca de nosotros mismos. Tomemos las afirmaciones que hacemos
respecto a otros; sentémonos a analizarlas y preguntémonos qué queremos decir
en realidad. Es un proceso muy doloroso y angustiador. Pero si nos examinamos a
nosotros mismos, nuestros juicios y pronunciamientos, con honestidad y
sinceridad, estamos en camino de sacar la viga de nuestro propio ojo. Entonces,
una vez hecho esto, estaremos tan humillados que nos sentiremos libres del
espíritu de censura e hipercrítica.
¡Qué lleno de lógica está todo esto! Cuando el hombre se ha visto verdaderamente
a sí mismo nunca juzga a los demás de forma equivocada. Dedica todo el tiempo a
condenarse a sí mismo, a lavarse las manos y tratar de purificarse. Hay sólo una
forma de librarse del espíritu de censura e hipercrítica, y es juzgarse y condenarse
uno mismo. Esto nos humilla hasta el polvo, y luego se sigue por necesidad que,
habiéndonos, de esta manera, librado de la viga de los ojos propios, estaremos en
condiciones adecuadas para ayudar a los demás, y sacarles la paja de los ojos.
El proceso de sacar la paja del ojo es difícil. No hay órgano más sensible que el ojo.
En cuanto el dedo lo toca, se cierra; así es de delicado. Lo que se necesita por
encima de todo al tratar de hacer esto es afecto, paciencia, calma, equilibrio. Esto
es lo que se necesita, debido a la delicadeza de la operación. Traslademos todo
esto al ámbito espiritual. Vamos a ocuparnos de un alma, vamos a tocar la parte
más sensible del hombre. ¿Cómo podemos sacar de ella la paja? Sólo una cosa
importa a este respecto, y es ser humilde, ser compasivo, estar consciente del
propio pecado y de la propia indignidad, a fin de que al encontrarla en otra persona,
lejos de condenarla, uno sienta ganas de llorar. Se está lleno de compasión y
simpatía; se desea realmente ayudar. Se ha disfrutado tanto del librarse de lo malo
que había en uno, que se desea que la otra persona tenga el mismo placer y el
mismo gozo. No se puede ser oculista espiritual hasta que se vea con claridad. Así
pues, al enfrentarnos con nosotros mismo y librarnos de la viga, cuando nos
hayamos juzgado y condenado y estemos en ese estado de humildad, de
comprensión, de simpatía, de generosidad, y caridad, entonces podremos, como
dice la Escritura, "decir la verdad en amor" a los demás y con ello ayudarlos. Es
una de las cosas más difíciles de la vida, es una de las últimas cosas que logramos.
Que Dios tenga misericordia de nosotros.

Martin Lloid Jones:   "El sermón del monte "

2 comentarios:

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