¿Por qué nos cuesta tanto relacionarnos?



Porqué nos cuesta tanto a los seres humanos llevarnos bien, es que no va a ser posible que las personas puedan llegar a relacionarse de una manera correcta, el secreto está en poder ver a los demás como superiores a nosotros, siempre hay algún área de mi prójimo donde es superior a mi y en esa área es donde debo admirarlo e imitarlo Todos somos distintos y nos necesitamos los unos a los otros,es como en el cuerpo, todos los miembros del cuerpo son necesarios, y la nariz no puede decirle a la boca no te necesito, todos ellos se ayudan y se complementan, y cuando uno de ellos se duele, todos se duelen con él.

El problema surge cuando no queremos humillarnos y darle la razón al otro. Dos no discuten si uno de ellos no quiere, podríamos ser mejores personas y hallar armonía entre nosotros cuando valoramos más ganar un amigo que ganar una discusión.

otro problema es cuando queremos sobresalir por encima de los demás, y para ellos tenemos que pisar a otro, si supiéramos que nuestra recompensa  es por lo que hacemos en silencio por los demás sin que nadie me vea. y no por lo que alardeamos ser.

El tercer problema es cuando sentimos envidia por otro. (dolor por el éxito ajeno y alegría por su fracaso) y eso nos impide una relación correcta y sana. Los celos y la envia produjeron el primer homicidios de la historia. Si buscamos el bien del otro la envidia no tendrá lugar en nuestras vidas. Me refiero a la envidia malsana que te corroe, porque hay una envidia sana tambien.

¿De donde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? Es debido a las pasiones que avivamos dentro de nosotros y que hacen que subamos de temperatura y que estallemos a la menor de cambio.
El que es capaz de dominarse a si mismo es como el que domina una ciudad.

Por todo ello es indispensable para una buena relación con los demás tener claro quien eres delante de Dios y obedecer ese mandamiento que dice : "ama a tu prójimo como a ti mismo..."


LA PAJA Y LA VIGA



La Paja y la Viga
"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu
hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu
hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita!
saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del
ojo de tu hermano!' ¿Hubo jamás sarcasmo igual? ¿Hubo jamás un ejemplo más
perfecto de ironía? ¡Cuánto lo merecemos! Podemos sintetizar el argumento en
forma de una serie de principios. Nuestro Se¬ñor nos enseña que la tercera razón
para no juzgar a otros es que somos incapaces de juzgar. No podemos juzgar. Por
consiguiente, como no lo podemos hacer adecuadamente ni siquiera debemos
intentarlo. Dice que nuestro espíritu es tal que no tenemos derecho a juzgar. No
sólo debemos recordar que nosotros mismos seremos juzgados y que fijamos las
normas de ese juicio, sino que además dice: un momento, no juzguéis porque sois
incapaces de juzgar.
Nuestro Señor lo demuestra de esta manera. Ante todo, indica que no nos preocupa
la justicia y el verdadero juicio, porque si estuviéramos preocupados por ello, nos
ocuparíamos de eso en nosotros mismos. Nos gusta persuadirnos de que estamos
realmente preocupados por la verdad y la justicia, y que ése es nuestro único
interés. Pretendemos que no deseamos ser injustos con las personas, que no
deseamos criticar, sino que estamos realmente preocupados por la verdad. Ah, dice
de hecho nuestro Señor, si realmente estuviéramos preocupados por la verdad, nos
juzgaríamos a nosotros mismos. Pero no lo hacemos; por consiguiente, nuestro
interés no es realmente la verdad. Es un argumento justo. Si alguien pretende que
su único interés es por la justicia y la verdad, y no por las personas, entonces será
tan crítico de sí mismo como los demás. El que es realmente un gran artista suele
ser el crítico más severo de sí mismo. No importa en qué esfera de la vida se dé, ya
sea en el canto, en el drama, en la pintura, o en cualquier otra cosa; el que es
realmente gran artista y crítico verdadero se critica tanto a sí mismo como a la obra
de los demás, e incluso quizá más, porque tiene normas objetivas. Pero tú, dice
nuestro Señor, no tienes normas objetivas. No estás interesado por la verdad y la
justicia, de lo contrario no pasarías por alto tu propia vida, como de hecho lo haces,
para criticar sólo a los demás. Esta es la primera afirmación.
Podemos ir más allá y decir que también nos muestra que esas personas no están
preocupadas por los principios en cuanto tales, sino sólo por las personas. El
espíritu de hipercrítica, como hemos visto, se preocupa de las personas y no de los
principios. Este es el problema que muchos de nosotros tenemos a este respecto.
Estamos realmente interesados por la persona que criticamos, no por el tema o
principios específicos; y nuestro verdadero deseo es condenar a la persona, más
que eliminar el mal que hay en la persona. Claro que esto de inmediato nos hace
incapaces de emitir un verdadero juicio. Si hay parcialidad, si hay sentimiento y
animosidad personales, no podemos ser verdaderos examinadores. Incluso la ley
reconoce esto. Si se puede demostrar que hay alguna conexión entre un miembro
del jurado y la persona sometida a juicio, se puede descalificar a ese miembro del
jurado. Lo que se desea en un jurado es imparcialidad. No puede haber prejuicio,
no puede haber nada personal; debe ser un juicio objetivo y ponderado. El
elemento personal se debe excluir por completo para que pueda haber juicio
verdadero. Si aplicamos esto a nuestro juicio de otras personas, me temo que
tendremos que estar de acuerdo con nuestro Se–or en que somos completamente
incapaces de juzgar, por qué lo que más nos interesa en ese caso son las personas
o las personalidades. Hay muy a menudo un motivo ulterior en nuestro juicio y por
ello no acertamos a distinguir entre las personas y su acción.

El peligro de juzgar a otros.



Imagínense qué tremendo error cometería un oculista ciego si tratara de operar de la vista a otra persona. Pues no es tan extraño teniendo en cuenta que se realizan muchas intervenciones de esta naturaleza cuando juzgamos a otros y vemos en ellos fallos pequeños tratando de corregirlos, cuando nosotros mismos tenemos delante de nosotros una viga que nos impide ver con claridad.

¿No sería más justo sacar esa viga de nuestro ojo antes de tratar de sacar la paja en el ojo ajeno?

En lo que juzgamos a otros nos condenamos a nosotros mismos, pues ¿Quien está libre de falta?, como alguien dijo en una ocasión cuando trataban de apedrear a una mujer que había sido sorprendida en el acto mismo del adulterio: ¡El que esté libre de pecado que sea el primero en arrojar la piedra! y en esta ocasión todos salieron avergonzados dejando caer sus piedras en el suelo, porque sabían que estaban juzgando a alguien por ser pecadora cuando ellos mismos sabian en su interior que no estaban libres de juicio.
Lastima que en muchísimas ocasiones no hay nadie que te haga recapacitar en tu interior como pasó ese dia, y muchos mueren o son herido por las piedras lanzadas por otros que seguramente merecen morir antes que nosotros.

Jesus y la mujer adúltera